Negroponte publicó hace unos años un libro, "Ser digital", en el que pronostica un futuro donde todo lo que podía ser digitalizado lo sería. Warhol dijo que en el futuro todos tendriamos derecho a nuestros 15 minutos de fama. Internet con "Web 2.0" (tecnologías para facilitar la comunicación y para compartir información) es el nexo entre ambos pronósticos: un mundo en el que todos pueden digitalizar su vida, y hacerla pública.
Parece una compulsión: redes sociales digitales, fotologs, blogs, videologs... Cada vez más son los que publican su vida y sus pensamientos, como algo más que un diario privado: con el secreto deseo de que el mundo los vea. Los bloggers y floggers sueñan con la fama que se mide en comentarios, la gente publica videos en YouTube y se contacta con amigos en Facebook, con colegas en LinkedIn, o arman sus propias redes sociales.
Algunos servicios incluso dan consejos para salir entre los primeros lugares en las búsquedas de Google... El tema no es sólo estar, sino que te vean.
Y ese es el tema; todos quieren ser públicos, para bien o para mal. Lo que hoy dijimos será permanente en el tiempo, y cuando ya no estemos seguirá en la red. No hay arrepentimiento posible; nada se borra, todo permanece (si no es en línea, es en el archivo de internet).
En el fondo no hay nada nuevo, es el ancestral deseo de trascendencia del hombre: plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Cosas que nos trascienden, que siguen ahí cuando ya no estamos. El valor central de nuestra existencia: permanecer. La única verdadera diferencia entre el hombre y el resto del reino animal (hasta que alguien me demuestre que otra especie tiene necesidad de trascendencia).
La única forma de vida eterna en una época sin cielo ni infierno.
Claro que es una forma de trascendencia totalmente superficial, son las formas de hoy. La trascendencia "zapping": ser famoso por unas horas; la trascendencia "light": ser público entre las multitudes de la web es ser anónimo.
Lo que pasa es que trascender en el real sentido de la palabra (y de la necesidad del alma) es hacer para los demás. Cualquier sucedáneo deja en uno esa sensación de vacío tan típica de los tiempos modernos, opuesta a la sensación de plenitud de un verdadero acto trascendente.
Porque eso es un acto trascendente: un acto que sale de nosotros y llega, para siempre, a los demás.
viernes, 20 de marzo de 2009
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