La democracia es la forma más perfecta de organización de las naciones... ¿Porque el gobierno es ejercido por el pueblo? ¿Porque el gobierno representa a las mayorías? ¿Porque todos somos iguales ante la ley? ¿Porque todos podemos participar?
La respuesta a todas estas preguntas es NO. La razón es mucho más simple: es la forma de organización que más lugar da al disenso; la que más respeta a las minorías.
Y es que el disenso es esencial a la democracia, al punto que cuando se silencia al que piensa distinto, la democracia degenera en autoritarismo y pierde su razón de ser.
La razón de esto es muy profunda, y tiene que ver con la evolución de las naciones, su crecimiento y desarrollo a largo plazo.
Hace ya unas cuantas décadas, Von Bertalanffy enunciaba la Teoría General de los Sistemas, explicando que todos los sistemas complejos - sean biológicos, mecánicos, sociales, o de cualquier otro tipo - comparten algunas leyes comunes por el hecho de serlo. Es decir, ciertas leyes que valen para los seres vivos (sistemas complejos de células y órganos) son equivalentes a leyes que tienen la misma forma y se aplican a otros sistemas como instituciones o naciones.
Así, podemos analizar cómo se comportan determinados aspectos de un sistema conocido (por ejemplo, uno biológico) y extenderlo a otro sistema, una vez comprendidas las correspondencias entre ambos.
Esto que en principio parece complejo nos permite entender y hasta pronosticar el comportamiento de un sistema complejo basándonos en otro conocido.
Una de las características de los sistemas biológicos es la evolución. La mayoría de las especies que existieron sobre la tierra se ha extinguido a lo largo de las eras; para sobrevivir en este mundo cambiante, las especies deben adaptarse, evolucionar. Y en esto, la diversidad genética juega un papel fundamental.
Hay dos mecanismos básicos en la evolución: la selección natural (que favorece a los genes que mejoran la capacidad de supervivencia y reproducción) y la deriva genética (variaciones en la frecuencia relativa de los alelos de una generación a otra).
Esto último significa que, habiendo diferencias entre los genes de los individuos de una especie, las distintas combinaciones genéticas producen seres con características más o menos diferentes y, entre éstos, los más exitosos son a la larga preponderantes. Esto hace que las especies con mayor diversidad genética se adapten más fácilmente a un entorno cambiante (también juegan su papel la tasa de reproducción o la vida media, pero la diversidad es esencial).
Esa variabilidad genética se produce fundamentalmente por cruzamiento (reproducción sexual, hibridación o transferencia horizontal) o por mutaciones (errores de replicación o influencia externa, como radiación).
¿Cómo funciona esto en el caso de las naciones?
Las naciones buscan el cambio de dos maneras: por evolución (diversidad) o por revolución (uniformidad - las revoluciones generalmente no cambian más que la forma, cuando pretenden que todos compartan la misma ideología).
Así como las especies necesitan evolucionar para sobrevivir a los cambios externos, lo mismo pasa con las naciones (e, incluso, con las culturas y las ideologías). Decía Jefferson: "Las leyes y las instituciones deben ir mano a mano con el progreso de la mente humana. [...] Las instituciones deben avanzar para seguir el ritmo de los tiempos". Y estos cambios, que en la biología provienen de la diversidad genética, en política provienen de la diversidad ideológica (con la cual está profundamente enlazada también la diversidad cultural).
Como en biología, hay varios mecanismos de introducción de cambios: mutaciones, "cruzamientos" con otras culturas e ideologías, distorsiones por influencia de la comunicación y/o el contexto... La adaptación, la evolución, dependen en lo profundo de que las diferencias puedan ser escuchadas, debatidas, y así refutadas o aceptadas y utilizadas para construir sobre ellas.
Del mismo modo en que una persona no crece intelectualmente si de los mecanismos de asimilación y acomodación se queda sólo con el primero (es decir, interpreta todo de acuerdo a su esquema interno y se niega a adaptarse a la realidad), las naciones no pueden evolucionar si no son capaces de integrar puntos de vista diferentes y recrearse continuamente.
Los autoritarismos (como la mayoría de las tiranías, los imperialismos y los totalitarismos) se caracterizan por imponer una única voz. La democracia es una institución que necesita muchas voces, pero las ideologías tienden al autoritarismo, ya que es la ideología dominante la que define en su discurso cuál es el "bien" y cuál es el "mal" (que también se definen culturalmente, reflejados en mitos y tabúes, pero posiblemente éstos también se han originado en el discurso ideológico de clases dominantes del pasado). Más aún: para algunos "una ideología tiene por objetivo único la conquista del poder social, el control y dominio en el proceso de evolución del espíritu humano" (Majfud).
En resumen, para asegurar la evolución es necesario que haya (y se respeten) mecanismos para el disenso: diversidad de partidos y gremios, prensa independiente, organismos de control no gubernamentales, y cualquier otro que se les ocurra.
Escuchar a las minorías, defenderlas del autoritarismo de las mayorías, debería ser un tema central en un gobierno democrático. Lamentablemente, el encanto del poder, los "diarios de Irigoyen", el enceguecimiento ideológico, la estrechez de ideas, la cola de paja, el prejuicio y el orgullo, conspiran contra el futuro.
Alguno podrá decir: "las naciones no se extinguen". Históricamente, los autoritarismos terminaron mal, ya que llevan en sí el germen de su propia destrucción. La pregunta no es cómo van a terminar, sino dentro de cuánto tiempo. La única ventaja de la falta de diversidad ideológica es que siempre se está a tiempo de cambiar.
sábado, 19 de enero de 2013
martes, 8 de enero de 2013
El inglés es otro idioma... ¿o no?
[Publicado en FB el 11/10/2012]
Hay padres que quieren otra cosa, y tienen motivos válidos.
Pero a mí me gustaría encontrar un lugar donde los chicos puedan aprender inglés sin presiones, sin notas, un espacio donde se "sumerjan" en la cotidianeidad del idioma. No para tener un certificado de que saben leer y escribir en inglés, sino para que puedan comunicarse bien en inglés, con o sin papeles.
Me parece una complicación innecesaria que un chico tenga que pasar el tiempo que le dejan la escuela, los deberes y las demás actividades aprendiendo tablas de verbos irregulares, reglas gramaticales y esquemas sintácticos, cosas que los bebés aprenden naturalmente escuchando y hablando; esas cosas se deberían enseñar una vez que ya podés mantener una conversación, aunque sea sencilla. Es decir: primero incorporar el léxico, la forma, etc., para recién después explicarlos, dar cuenta de excepciones, etc. Es decir: primero adquirir, luego explicar.
[Agrego otro ejemplo: hagan memoria, ¿cuándo aprendieron a jugar al truco, cuando les explicaron las reglas o cuando les dieron las cartas, les mostraron, los corrigieron...? Seguro que las reglas las entendieron recién después de haber jugado un par de veces]
Para colmo, muchas veces con las clases no alcanza... pero si yo les tengo que dar apoyo en casa y sentarme horas con ellos para que entiendan y puedan completar el libro porque no pueden hacerlo solos, ¿para qué pago un instituto?
Me gustaría más ver que hacen cosas, como cocinar, jugar, charlar, barrer, leer, cantar, bailar, pero en inglés. Puede ser más lento, pero más divertido. Me dirán que esto se hace, pero yo veo chicos sentados en sillas con libros de inglés y pizarrón al frente, generalmente diálogos ficticios disociados del hacer.
Y una vez más: en el idioma que sea, "las notas" son, en mi opinión, una herramienta que los maestros usan para ejercer su poder sobre el alumno (pobres, alguna tienen que tener ;-). En lugar de usar un sistema de evaluación para diagnosticar en qué momento evolutivo está el alumno, cómo está aprendiendo, y en base a ello re-elaborar estrategias para facilitar el aprendizaje, la evaluación se usa para castigar al que no obedece el dictamen del docente: "usted tiene que estar acá".
Para mí es claro que:
- un alumno respeta más a un docente que le pone una buena nota que al que le pone un dos
- el padre se pregunta para qué paga si no aprende
- el maestro le pasa al alumno toda la responsabilidad de aprender (y la de aprender a medida del maestro)
¿Se podrá enseñar desde otro lugar?
Por supuesto, los chicos son lo suficientemente flexibles como para aprender igual - se trata de no sufrir tanto en el intento.
Hay padres que quieren otra cosa, y tienen motivos válidos.
Pero a mí me gustaría encontrar un lugar donde los chicos puedan aprender inglés sin presiones, sin notas, un espacio donde se "sumerjan" en la cotidianeidad del idioma. No para tener un certificado de que saben leer y escribir en inglés, sino para que puedan comunicarse bien en inglés, con o sin papeles.
Me parece una complicación innecesaria que un chico tenga que pasar el tiempo que le dejan la escuela, los deberes y las demás actividades aprendiendo tablas de verbos irregulares, reglas gramaticales y esquemas sintácticos, cosas que los bebés aprenden naturalmente escuchando y hablando; esas cosas se deberían enseñar una vez que ya podés mantener una conversación, aunque sea sencilla. Es decir: primero incorporar el léxico, la forma, etc., para recién después explicarlos, dar cuenta de excepciones, etc. Es decir: primero adquirir, luego explicar.
[Agrego otro ejemplo: hagan memoria, ¿cuándo aprendieron a jugar al truco, cuando les explicaron las reglas o cuando les dieron las cartas, les mostraron, los corrigieron...? Seguro que las reglas las entendieron recién después de haber jugado un par de veces]
Para colmo, muchas veces con las clases no alcanza... pero si yo les tengo que dar apoyo en casa y sentarme horas con ellos para que entiendan y puedan completar el libro porque no pueden hacerlo solos, ¿para qué pago un instituto?
Me gustaría más ver que hacen cosas, como cocinar, jugar, charlar, barrer, leer, cantar, bailar, pero en inglés. Puede ser más lento, pero más divertido. Me dirán que esto se hace, pero yo veo chicos sentados en sillas con libros de inglés y pizarrón al frente, generalmente diálogos ficticios disociados del hacer.
Y una vez más: en el idioma que sea, "las notas" son, en mi opinión, una herramienta que los maestros usan para ejercer su poder sobre el alumno (pobres, alguna tienen que tener ;-). En lugar de usar un sistema de evaluación para diagnosticar en qué momento evolutivo está el alumno, cómo está aprendiendo, y en base a ello re-elaborar estrategias para facilitar el aprendizaje, la evaluación se usa para castigar al que no obedece el dictamen del docente: "usted tiene que estar acá".
Para mí es claro que:
- un alumno respeta más a un docente que le pone una buena nota que al que le pone un dos
- el padre se pregunta para qué paga si no aprende
- el maestro le pasa al alumno toda la responsabilidad de aprender (y la de aprender a medida del maestro)
¿Se podrá enseñar desde otro lugar?
Por supuesto, los chicos son lo suficientemente flexibles como para aprender igual - se trata de no sufrir tanto en el intento.
De educadores, evaluaciones y educaciones
[Publicado en FB el 19/8/2012]
"Yo creo que se podría aprender sin tener que odiar lo que estudiamos" (Frato)
Entre las eternas e inmutables leyes naturales de los Sistemas, John Gall ("Systemantics") lista la siguiente: "Ni bien surgen a la vida, los Sistemas desarrollan sus propias metas ". En otras palabras, no importa el objetivo con el que un sistema es creado, éste elige y persigue objetivos propios que tienen que ver con su supervivencia, y poco en general con los deseos de quienes los imaginaron.
El sistema educativo, como cualquier otro, refleja estos principios. Y no tiene más remedio que ceñirse a las generales de la Ley. Así, uno conoce docentes cuyo objetivo principal pareciera ser que los alumnos completen el cuaderno de ejercitación anual, y otros para quienes es difícl creer haya algo más importante que la respuesta correcta a una docena de preguntas, cuatro veces por año.
Que alguien aprenda, en todo el amplio sentido de la palabra, parece haberse convertido en una cosa circunstancial y tal vez hasta inconveniente por el esfuerzo que conlleva. Todavía hay docentes que creen que el evaluado es el alumno, y que una evaluación es una prueba a superar. Ellos son los que usan los exámenes no como herramienta para guiar la enseñanza, sino como un fin (es notable la mejora, en este sentido, del Reglamento General de Escuelas, que en 2011 ya no asocia "evaluar" sólo a "juzgar el conocimiento del alumno": se evalúan las prácticas de enseñanza, la evaluación sirve como "input" para el diseño y rediseño de las estrategias didácticas).
Es que el resultado de una evaluación nos dice tanto o más del docente que del alumno: qué capacidad tuvo para llegar a ellos, para hacerlos parte del proceso educativo, para despertar su interés por conocer, por comprender y por hacer. Si fue capaz de entender la educación como un servicio centrado en el alumno, y no como un trabajo centrado en el profesor.
El estudio debería ser una elección, no una obligación. Aprender debería ser un placer, no un martirio. ¿Por qué ir a la escuela? Para el que estudia, es una herramienta de competitividad. En un mundo donde el trabajo escasea, hay que tener certificados para ganárselo a otro. La escuela moderna es un invento del Estado para "uni-formar" a la población, es decir, para formarla a medida de su necesidad, la de la era industrial.
Como nos mostraron Tonucci y Toffler hace ya años (reflejado después por The Wall), la escuela moderna es un modelo de la fábrica, y prepara a las masas para para producir, cumplir, obedecer. En la fábrica del pasado, la creatividad era un riesgo que debía controlarse. Los futuros dirigentes, en cambio, van a escuelas de elite, en las que aprenden los secretos del negocio y del mando.
Sir Ken Robinson nos enseña, desde hace unos años, que esa escuela-fábrica, con gente clasificada por edades y por materias, cumpliendo horarios y programa, mata la creatividad en esta sociedad post industrial donde el valor no está en la uniformidad sino en saber ser diferente, en atreverse a ser quien se es, y lograrlo.
La escuela moderna está en una etapa de profunda transformación, más profunda que la distinción entre conductismo y constructivismo. El desafío es plantear una nueva didáctica que permita a cada uno descubrir lo valioso dentro de sí, y darle las herramientas para que con eso llegue a hacer algo con eso para él y para los demás. Todo esto sin dejar de dar a todos elementos básicos, comunes y necesarios para desenvolverse en el mundo real, para poder relacionarse con los otros en nivel de igualdad.
Y eso no significa obligar a adquirir conocimientos coyunturales que no a todos interesan y a pocos agregan (pero sí a quienes los buscan): se trata de dar herramientas para vivir, para entender el mundo, para hacer y para crecer en la medida de la potencialidad de cada uno.
"Yo creo que se podría aprender sin tener que odiar lo que estudiamos" (Frato)
Entre las eternas e inmutables leyes naturales de los Sistemas, John Gall ("Systemantics") lista la siguiente: "Ni bien surgen a la vida, los Sistemas desarrollan sus propias metas ". En otras palabras, no importa el objetivo con el que un sistema es creado, éste elige y persigue objetivos propios que tienen que ver con su supervivencia, y poco en general con los deseos de quienes los imaginaron.
El sistema educativo, como cualquier otro, refleja estos principios. Y no tiene más remedio que ceñirse a las generales de la Ley. Así, uno conoce docentes cuyo objetivo principal pareciera ser que los alumnos completen el cuaderno de ejercitación anual, y otros para quienes es difícl creer haya algo más importante que la respuesta correcta a una docena de preguntas, cuatro veces por año.
Que alguien aprenda, en todo el amplio sentido de la palabra, parece haberse convertido en una cosa circunstancial y tal vez hasta inconveniente por el esfuerzo que conlleva. Todavía hay docentes que creen que el evaluado es el alumno, y que una evaluación es una prueba a superar. Ellos son los que usan los exámenes no como herramienta para guiar la enseñanza, sino como un fin (es notable la mejora, en este sentido, del Reglamento General de Escuelas, que en 2011 ya no asocia "evaluar" sólo a "juzgar el conocimiento del alumno": se evalúan las prácticas de enseñanza, la evaluación sirve como "input" para el diseño y rediseño de las estrategias didácticas).
Es que el resultado de una evaluación nos dice tanto o más del docente que del alumno: qué capacidad tuvo para llegar a ellos, para hacerlos parte del proceso educativo, para despertar su interés por conocer, por comprender y por hacer. Si fue capaz de entender la educación como un servicio centrado en el alumno, y no como un trabajo centrado en el profesor.
El estudio debería ser una elección, no una obligación. Aprender debería ser un placer, no un martirio. ¿Por qué ir a la escuela? Para el que estudia, es una herramienta de competitividad. En un mundo donde el trabajo escasea, hay que tener certificados para ganárselo a otro. La escuela moderna es un invento del Estado para "uni-formar" a la población, es decir, para formarla a medida de su necesidad, la de la era industrial.
Como nos mostraron Tonucci y Toffler hace ya años (reflejado después por The Wall), la escuela moderna es un modelo de la fábrica, y prepara a las masas para para producir, cumplir, obedecer. En la fábrica del pasado, la creatividad era un riesgo que debía controlarse. Los futuros dirigentes, en cambio, van a escuelas de elite, en las que aprenden los secretos del negocio y del mando.
Sir Ken Robinson nos enseña, desde hace unos años, que esa escuela-fábrica, con gente clasificada por edades y por materias, cumpliendo horarios y programa, mata la creatividad en esta sociedad post industrial donde el valor no está en la uniformidad sino en saber ser diferente, en atreverse a ser quien se es, y lograrlo.
La escuela moderna está en una etapa de profunda transformación, más profunda que la distinción entre conductismo y constructivismo. El desafío es plantear una nueva didáctica que permita a cada uno descubrir lo valioso dentro de sí, y darle las herramientas para que con eso llegue a hacer algo con eso para él y para los demás. Todo esto sin dejar de dar a todos elementos básicos, comunes y necesarios para desenvolverse en el mundo real, para poder relacionarse con los otros en nivel de igualdad.
Y eso no significa obligar a adquirir conocimientos coyunturales que no a todos interesan y a pocos agregan (pero sí a quienes los buscan): se trata de dar herramientas para vivir, para entender el mundo, para hacer y para crecer en la medida de la potencialidad de cada uno.
La mente colectiva
[Publicado en FB el 12/4/2012]
En "Más que humano" (1953), Sturgeon cuenta una historia en la que seis personas especiales tienen extrañas habilidades y colaboran para comportarse como un único ser, evolucionando para llegar a lo que el autor llama un "homo gestalt", un nuevo paso en la evolución.
La idea siempre me atrajo: un nuevo escalón evolutivo que pasa de la conciencia individual a una especie de super-conciencia más poderosa y grupal, que requiere un absoluto desprendimiento de lo individual, una respuesta ciega a lo que sería la mente colectiva - en Sturgeon, el problema que aparece es ético, ya que este "individuo colectivo" carece de ética, algo que se resuelve hacia el final.
En esa época Asimov publicaba lo que en principio fue la trilogía de las Fundaciones (ahora "heptalogía"), donde el psicohistoriador Seldon predice la evolución a gran escala en base a leyes matemáticas (descubiertas por él) que describen el comportamiento de las masas.
Sumando el moderno concepto de globalización, resulta obvio pasar entonces a un concepto de mente colectiva que ya no sería como la de Sturgeon, basada en un pequeño grupo con habilidades especiales: esta vez imaginamos un enorme conjunto de "células" que abandonan su individualidad para asumir un comportamiento orgánico en el que lo individual es funcional a lo colectivo, y lo determina, pero ya no en forma consciente. Algo así como la hinchada en un estadio de fútbol, o como un enjambre de insectos en los que el comportamiento individual es caótico pero el grupo tiene una dirección media bien definida.
Este "organismo" es ahora global, ya que dispone del medio que supone la red para interconectarse, pero no único: lo que une a cada ser colectivo es una ética común, y el mundo físico no es determinante. Así, podemos postular la aparición de este nuevo ser "más que humano" con intereses propios y una conciencia colectiva que recién está en su infancia.
Los mecanismos de intercambio con el medio (como twitter ahora, por ejemplo) son los que permiten a estas consciencias existir, e influir y ser influidas por otras similares. En esta infancia de lo colectivo el comportamiento es en general errático, caprichoso y sin consciencia de ser; sin embargo, aparecen cada tanto acciones colectivas que van dando una idea de poder que explotará en la adolescencia. El ser colectivo usará su poder para romper los límites y probarse a sí mismo; el grave problema será entonces la falta de modelos, de un espejo en que mirarse. Será una adolescencia difícil.
Cuestiones importantes quedan por analizar: ¿cuál será, si la hay, la moral colectiva unificadora? ¿cuál la super-ética común? ¿en cuánto estarán condicionadas por las estructuras físicas y sociológicas existentes, como los gobiernos y las culturas?
Estas ideas no son nuevas, ya que las instituciones, por ejemplo, se comportan de manera similar; sin embargo, en esos casos hay algunas cosas más claras, como el reconocimiento de objetivos comunes, la ética institucional, y un mecanismo de dirección formal. Yo creo que las diferencias más importantes pasarán por estos temas: los objetivos, por ejemplo, ya no serán necesariamente conscientes, los líderes (si los hay) serán espontáneos y fugaces.
Paradójicamente, esta asimilación del individuo a la red parece darle más poder (o influencia), pero eso es sólo en la medida en que sea funcional a la ética global. Es decir, un poder aparente: no hay uno que guíe, simplemente vamos todos para el mismo lado.
¿Cuál será la inteligencia en ese nuevo ser colectivo? ¿Quién dominará los sentimientos?
Releyendo esto que escribí hace ya bastante tiempo, lo asocio a un texto de Casciari que leí hace unos días, en el que critica a la industria editorial porque mira al mundo con una mente antigua, y el mundo cambió. Creo que todavía hay muchas reacciones a estos cambios, pero también (como Casciari) creo que son inevitables.
En "Más que humano" (1953), Sturgeon cuenta una historia en la que seis personas especiales tienen extrañas habilidades y colaboran para comportarse como un único ser, evolucionando para llegar a lo que el autor llama un "homo gestalt", un nuevo paso en la evolución.
La idea siempre me atrajo: un nuevo escalón evolutivo que pasa de la conciencia individual a una especie de super-conciencia más poderosa y grupal, que requiere un absoluto desprendimiento de lo individual, una respuesta ciega a lo que sería la mente colectiva - en Sturgeon, el problema que aparece es ético, ya que este "individuo colectivo" carece de ética, algo que se resuelve hacia el final.
En esa época Asimov publicaba lo que en principio fue la trilogía de las Fundaciones (ahora "heptalogía"), donde el psicohistoriador Seldon predice la evolución a gran escala en base a leyes matemáticas (descubiertas por él) que describen el comportamiento de las masas.
Sumando el moderno concepto de globalización, resulta obvio pasar entonces a un concepto de mente colectiva que ya no sería como la de Sturgeon, basada en un pequeño grupo con habilidades especiales: esta vez imaginamos un enorme conjunto de "células" que abandonan su individualidad para asumir un comportamiento orgánico en el que lo individual es funcional a lo colectivo, y lo determina, pero ya no en forma consciente. Algo así como la hinchada en un estadio de fútbol, o como un enjambre de insectos en los que el comportamiento individual es caótico pero el grupo tiene una dirección media bien definida.
Este "organismo" es ahora global, ya que dispone del medio que supone la red para interconectarse, pero no único: lo que une a cada ser colectivo es una ética común, y el mundo físico no es determinante. Así, podemos postular la aparición de este nuevo ser "más que humano" con intereses propios y una conciencia colectiva que recién está en su infancia.
Los mecanismos de intercambio con el medio (como twitter ahora, por ejemplo) son los que permiten a estas consciencias existir, e influir y ser influidas por otras similares. En esta infancia de lo colectivo el comportamiento es en general errático, caprichoso y sin consciencia de ser; sin embargo, aparecen cada tanto acciones colectivas que van dando una idea de poder que explotará en la adolescencia. El ser colectivo usará su poder para romper los límites y probarse a sí mismo; el grave problema será entonces la falta de modelos, de un espejo en que mirarse. Será una adolescencia difícil.
Cuestiones importantes quedan por analizar: ¿cuál será, si la hay, la moral colectiva unificadora? ¿cuál la super-ética común? ¿en cuánto estarán condicionadas por las estructuras físicas y sociológicas existentes, como los gobiernos y las culturas?
Estas ideas no son nuevas, ya que las instituciones, por ejemplo, se comportan de manera similar; sin embargo, en esos casos hay algunas cosas más claras, como el reconocimiento de objetivos comunes, la ética institucional, y un mecanismo de dirección formal. Yo creo que las diferencias más importantes pasarán por estos temas: los objetivos, por ejemplo, ya no serán necesariamente conscientes, los líderes (si los hay) serán espontáneos y fugaces.
Paradójicamente, esta asimilación del individuo a la red parece darle más poder (o influencia), pero eso es sólo en la medida en que sea funcional a la ética global. Es decir, un poder aparente: no hay uno que guíe, simplemente vamos todos para el mismo lado.
¿Cuál será la inteligencia en ese nuevo ser colectivo? ¿Quién dominará los sentimientos?
Releyendo esto que escribí hace ya bastante tiempo, lo asocio a un texto de Casciari que leí hace unos días, en el que critica a la industria editorial porque mira al mundo con una mente antigua, y el mundo cambió. Creo que todavía hay muchas reacciones a estos cambios, pero también (como Casciari) creo que son inevitables.
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