La democracia es la forma más perfecta de organización de las naciones... ¿Porque el gobierno es ejercido por el pueblo? ¿Porque el gobierno representa a las mayorías? ¿Porque todos somos iguales ante la ley? ¿Porque todos podemos participar?
La respuesta a todas estas preguntas es NO. La razón es mucho más simple: es la forma de organización que más lugar da al disenso; la que más respeta a las minorías.
Y es que el disenso es esencial a la democracia, al punto que cuando se silencia al que piensa distinto, la democracia degenera en autoritarismo y pierde su razón de ser.
La razón de esto es muy profunda, y tiene que ver con la evolución de las naciones, su crecimiento y desarrollo a largo plazo.
Hace ya unas cuantas décadas, Von Bertalanffy enunciaba la Teoría General de los Sistemas, explicando que todos los sistemas complejos - sean biológicos, mecánicos, sociales, o de cualquier otro tipo - comparten algunas leyes comunes por el hecho de serlo. Es decir, ciertas leyes que valen para los seres vivos (sistemas complejos de células y órganos) son equivalentes a leyes que tienen la misma forma y se aplican a otros sistemas como instituciones o naciones.
Así, podemos analizar cómo se comportan determinados aspectos de un sistema conocido (por ejemplo, uno biológico) y extenderlo a otro sistema, una vez comprendidas las correspondencias entre ambos.
Esto que en principio parece complejo nos permite entender y hasta pronosticar el comportamiento de un sistema complejo basándonos en otro conocido.
Una de las características de los sistemas biológicos es la evolución. La mayoría de las especies que existieron sobre la tierra se ha extinguido a lo largo de las eras; para sobrevivir en este mundo cambiante, las especies deben adaptarse, evolucionar. Y en esto, la diversidad genética juega un papel fundamental.
Hay dos mecanismos básicos en la evolución: la selección natural (que favorece a los genes que mejoran la capacidad de supervivencia y reproducción) y la deriva genética (variaciones en la frecuencia relativa de los alelos de una generación a otra).
Esto último significa que, habiendo diferencias entre los genes de los individuos de una especie, las distintas combinaciones genéticas producen seres con características más o menos diferentes y, entre éstos, los más exitosos son a la larga preponderantes. Esto hace que las especies con mayor diversidad genética se adapten más fácilmente a un entorno cambiante (también juegan su papel la tasa de reproducción o la vida media, pero la diversidad es esencial).
Esa variabilidad genética se produce fundamentalmente por cruzamiento (reproducción sexual, hibridación o transferencia horizontal) o por mutaciones (errores de replicación o influencia externa, como radiación).
¿Cómo funciona esto en el caso de las naciones?
Las naciones buscan el cambio de dos maneras: por evolución (diversidad) o por revolución (uniformidad - las revoluciones generalmente no cambian más que la forma, cuando pretenden que todos compartan la misma ideología).
Así como las especies necesitan evolucionar para sobrevivir a los cambios externos, lo mismo pasa con las naciones (e, incluso, con las culturas y las ideologías). Decía Jefferson: "Las leyes y las instituciones deben ir mano a mano con el progreso de la mente humana. [...] Las instituciones deben avanzar para seguir el ritmo de los tiempos". Y estos cambios, que en la biología provienen de la diversidad genética, en política provienen de la diversidad ideológica (con la cual está profundamente enlazada también la diversidad cultural).
Como en biología, hay varios mecanismos de introducción de cambios: mutaciones, "cruzamientos" con otras culturas e ideologías, distorsiones por influencia de la comunicación y/o el contexto... La adaptación, la evolución, dependen en lo profundo de que las diferencias puedan ser escuchadas, debatidas, y así refutadas o aceptadas y utilizadas para construir sobre ellas.
Del mismo modo en que una persona no crece intelectualmente si de los mecanismos de asimilación y acomodación se queda sólo con el primero (es decir, interpreta todo de acuerdo a su esquema interno y se niega a adaptarse a la realidad), las naciones no pueden evolucionar si no son capaces de integrar puntos de vista diferentes y recrearse continuamente.
Los autoritarismos (como la mayoría de las tiranías, los imperialismos y los totalitarismos) se caracterizan por imponer una única voz. La democracia es una institución que necesita muchas voces, pero las ideologías tienden al autoritarismo, ya que es la ideología dominante la que define en su discurso cuál es el "bien" y cuál es el "mal" (que también se definen culturalmente, reflejados en mitos y tabúes, pero posiblemente éstos también se han originado en el discurso ideológico de clases dominantes del pasado). Más aún: para algunos "una ideología tiene por objetivo único la conquista del poder social, el control y dominio en el proceso de evolución del espíritu humano" (Majfud).
En resumen, para asegurar la evolución es necesario que haya (y se respeten) mecanismos para el disenso: diversidad de partidos y gremios, prensa independiente, organismos de control no gubernamentales, y cualquier otro que se les ocurra.
Escuchar a las minorías, defenderlas del autoritarismo de las mayorías, debería ser un tema central en un gobierno democrático. Lamentablemente, el encanto del poder, los "diarios de Irigoyen", el enceguecimiento ideológico, la estrechez de ideas, la cola de paja, el prejuicio y el orgullo, conspiran contra el futuro.
Alguno podrá decir: "las naciones no se extinguen". Históricamente, los autoritarismos terminaron mal, ya que llevan en sí el germen de su propia destrucción. La pregunta no es cómo van a terminar, sino dentro de cuánto tiempo. La única ventaja de la falta de diversidad ideológica es que siempre se está a tiempo de cambiar.
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